En las semanas previas al Mundial de la FIFA 2026, asistir a un partido de México parecía un sueño lejano. Durante años había visto a La Selección Nacional desde mi sala, sentado junto a mi papá y mi abuelo, Papá Pepe, cuyas emociones subían y bajaban con cada pase, cada gol y cada decisión del “árbitro vendido” (con la Selección, han sido muchos años de desilusiones). Ver a México jugar un Mundial en persona siempre estuvo en mi lista de sueños pendientes.