Cuando entré en el movimiento por los derechos de los animales, un lema se grabó a fuego en mi cabeza: “Hasta que la última jaula quede vacía”. Es una frase que suena a utopía, a horizonte lejano, pero que repetimos como un mantra una y otra vez. Lo que no esperaba es que, años después, ese lema siguiera doliendo tanto por la misma razón: la inacción.