Comenzó el Mundial de Fútbol como un fenómeno visto desde dos ángulos: el de los aficionados para quienes representa una fiesta nacional de algarabía, identidad y orgullo, y los no aficionados a quienes el evento es de poco interés o incluso motivo de crítica económica y social. Esta división refleja la diversidad de la sociedad mexicana y la complejidad de un deporte que, aunque popular, no es universalmente amado o no define a todos los mexicanos por igual.