A mí me resultó curiosa la reacción, más que el contacto. En el rostro de Messi hay una expresión instantánea de reconocimiento moral, y no es la del jugador que fue descubierto, sino la del tipo que sabe exactamente recibir una patada así. Una especie de “mierda, esto no era”. Y Messi supo que había metido la pata: que si el árbitro quería, podía interpretar fuerza excesiva, y chau-mi-amor: a las duchas. Pero el árbitro dejó seguir. Falta, levántese Mandi, juegue. Ni amarilla. Ni sermón.