Ser mala persona es una forma de estar mal en el mundo, a veces lejos de la violencia, el robo o la mentira, otras en los silencios y la manera de mirar a alguien como si fuera transparente, como si sus sentimientos fueran una simple anécdota. La mala persona —todos conocemos a alguna— es la que aprende a moverse entre la cortesía y la indiferencia, midiendo el gesto y la omisión, con la certeza de quien sabe que la empatía es una herramienta opcional.