No soy supersticioso salvo por una palabra: nunca. Cada vez que uno de mis hermanos decía “yo nunca voy a ser como el viejo”, algo en mí temblaba. Temía lo peor, lo que obviamente iba a pasar: que ellos, que yo también, estuviéramos condenados a convertirnos en él, a ser igualitos a él, cada vez que decíamos en voz alta lo contrario. Este miedo a la palabra prohibida volvió esa tarde, cuando me bajé del 81 en Avenida Beiró, a dos cuadras de casa.