El Mundial de fútbol ha vuelto a conquistar la conversación pública. Cada partido parece una cita nacional; cada gol, una descarga colectiva; cada eliminación, una tragedia que ocupa titulares, pantallas, sobremesas y redes sociales. El fútbol emociona porque nos reúne, porque nos permite creer, porque durante noventa minutos todos sentimos que pertenecemos a una misma bandera. Pero mientras el balón rueda, el mundo también sigue girando, muchas veces hacia zonas de peligro que apenas miramos.